Lucero, Chihuahua

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Foto: Armando Vega

Cerros del desierto

08 de junio, 2026

Durante años, en nuestro territorio se ha enseñado erróneamente que el desierto es feo y que los cerros están "pelones". Esta idea parte de una mirada incompleta, sesgada o directamente violenta sobre el hábitat que nos sostiene. Más allá de una discusión estética, la incomprensión de los ciclos de los que dependemos no es ingenua, sino un proyecto político destinado a cortar las raíces de la población y su tierra.

Según estudios arqueológicos —como los de Maxwell en Villa Ahumada, por ejemplo— existen restos de culturas humanas que datan de más de 10 000 años de antigüedad. Además, la región cuenta con restos paleontológicos y formaciones hidrogeológicas que impresionarían a cualquiera, tales como el Banco del Lucero o el Barreal, una laguna de sales cuya blancura se extiende por kilómetros. Esta magnitud espacial suele confundir a las personas, haciéndoles pensar que son lugares "vacíos"; sin embargo, no lo son.

Como lo señala W. Griffen en sus diversos estudios sobre la región, el desierto de Chihuahua es un corredor biológico, cultural y sagrado para pueblos originarios como los llamados "apaches", una comunidad que ha resistido intentos de genocidio y exterminio cultural. En las grandes llanuras doradas, las lagunas de evaporación, los cerros y los mezquitales ocurren procesos frágiles y cruciales que no deben ser perturbados. Por ejemplo, ahí donde no crecen plantas y solo aflora sal, se llevan a cabo procesos de regulación de grandes acuíferos salados que, de ser impactados, podrían ocasionar graves desequilibrios.

Uno de los problemas recurrentes, además de la escasez de agua provocada por el saqueo denominado "sobreexplotación", es la salinización de los pozos. Concebir al desierto como un patio de maniobras o un corredor energético implica privatizar y destruir los bienes comunes naturales que permiten ciclos tan vitales como los del agua o las sales. Por ello, grandes megaproyectos como Saguaro amenazan no solo al mar y a las ballenas, sino también a la identidad y la salud de los ecosistemas y paisajes del desierto de Chihuahua, con sus cerros, arroyos y lagunas de evaporación.